No me puedo imaginar lo que debe de haber sido ser la madre de David Beriain Amatriain los últimos 25 años. Qué orgullo de hijo. Y qué miedo por tu hijo.

Cuando no estaba en el norte de Irak entrando clandestinamente en un país en guerra, estaba preparando la mochila con ropa para la selva colombiana, donde le esperaban unas FARC a las que nadie había tenido acceso hasta entonces. O hacía el petate para los cambios de temperatura de Sinaloa, donde se ganó tal respeto entre los miembros del cartel que hasta le compusieron un narcocorrido. Nos quedábamos más tranquilos cuando “sólo” estaba midiendo la radiación nuclear en Fukushima. O invadiendo el islote de Perejil.

En Venezuela le declararon persona non-grata por mostrar al mundo cómo eran las milicias chavistas. Aunque yo creo que lo que les molestó de verdad es que se llevara a Madrid a esa joya que es Rosaura. ¡Qué nuera te deja!

En Colombia todavía escuece su reportaje sobre los niños sicarios. Me acuerdo de un taxista un Medellín que me sacó el tema cuando se enteró que yo era un periodista español. La que lió el gobierno colombiano. Y es que la verdad duele y David nunca se planteó las consecuencias que pudieran tener sus trabajos en los poderosos.

Cuando allá por 1997 nos dijo que se iba a pasar el verano a Santiago del Estero, a hacer prácticas en un periódico del interior de Argentina, nos pareció una aventura divertida, exótica. En aquel piso de estudiantes de Iturrama al que mandabas comida cada jueves a través de Javier (¡cómo nos peleábamos por tu tortilla de patatas!), soñábamos con ver mundo mientras escuchábamos a Silvio Rodríguez… o poníamos el “Under Pressure” de Queen a todo volumen en época de exámenes. Criticábamos las situaciones poco creíbles de aquella serie “Periodistas” de Telecinco, como si fuéramos veteranos de mil redacciones después de haber pasado un par de meses de prácticas. Qué inocentes éramos.

Cuando al terminar la carrera nos contó que se volvía a Argentina, pero esta vez a quedarse, lo vimos como una lógica locura de juventud, de chico inquieto que quería tener una experiencia profesional lejos. Otros también nos fuimos. También queríamos hacer periodismo de investigación, escribir historias humanas y llegar donde llegan pocos. Pero no teníamos ni la décima parte de su compromiso, ni tampoco esa convicción de que no había otro camino. David quería contar las historias más difíciles de primera mano, siendo testigo y preguntando a los protagonistas. Eso era innegociable. Por eso estaba como un león enjaulado cuando pasaba dos semanas seguidas sentado en la redacción de La Voz de Galicia.

De aquella no quería ser jefe, ni seguridad laboral, ni ninguno de esos objetivos que la mayoría nos ponemos. Él quería que le dejaran ir a los sitios y le publicaran sus historias. Por eso se fue a ADN, donde empezó a utilizar la cámara de vídeo y se dio cuenta del poder de las imágenes. Los medios tradicionales se le quedaron pequeños. El País Semanal le llamaba para un reportaje de portada sobre la producción de cocaína en Perú -lo que para muchos sería un gran éxito profesional- y él lo tomaba como preproducción de una historia mucho mayor.

Creció tanto que tuvo que fundar su propia empresa. Se agobió al principio, pero tenía tal capacidad de trabajo que llegó a manejar la producción de varios documentales al mismo tiempo, con decenas de personas involucradas, mientras se reunía con las Discovery y Movistars de este mundo para buscar financiación… sin dejar de llenarse las botas de barro sobre el terreno.

Desde hace un tiempo comentaba que quizá tenía que viajar menos y quedarse más en la oficina. No se lo creía ni él. Me lo comentó por última vez en Madrid este enero, después de la nevada que bloqueó la ciudad y retrasó mi vuelo. Como siempre, me recibió en su casa y nos quedamos charlando hasta las mil. Empezamos hablando de trabajo, poniéndonos al día, pero no tardamos nada en pasar a la NBA, el fútbol, el último viaje que vino a Nueva York y fuimos al concierto de Mark Knopfler, la tormenta que nos pilló en Miami unos días después justo antes de la SuperBowl, y sobre todo, de los amigos y la familia.

Me puso al día de cómo iban las cosas por casa, siempre preocupado por vosotros. No pararía de viajar por el mundo, pero el corazón lo tenía en Artajona. Me enseñó orgulloso fotos de sus sobrinos, ¡qué nietos más majos tienes, Angelines! Volvió a presumir de su hermano pequeño, ¡cómo quería a Eduardo! Me contó cómo le iba a los de la cuadrilla… Y me habló de ti, como siempre. Un hijo pendiente de una madre, y eso que te habrá tenido media vida con el corazón en un puño.

Al día siguiente nos despedimos en su salón. Él se iba primero. Antes te llamó por teléfono y puso el altavoz para que te saludara. Quién me iba a decir que serían los últimos momentos que estaría con él. Habían reabierto Barajas y David se iba para Colombia. Una semana después le pregunté por Whatsapp qué tal por allí. “Aquí andamos. Dándole”, me contestó. Más navarro imposible.

Y aquí seguiremos nosotros, Angelines, “dándole” y recordándole siempre como ese amigo excepcional que era.

Un abrazo enorme,
Rafa

Nota: Estamos recogiendo firmas y testimonios para que David reciba el próximo Premio Luka Brajnovic. Detalles aquí. Gracias.